Observé en silencio, con una sonrisa en los labios, el cuerpo que yacía a mi lado sobre la cama. Me sorprendió el aspecto suave de su piel, tan distinto al que había observado la noche anterior: entonces era la piel de un anciano, curtida por la edad y los excesos de toda una vida; una piel demasiado vieja como para pasar incluso por la piel de mi padre. Recordé las miradas de los clientes del bar, aquellas sonrisas que decían Mirad, el viejo verde forrado de pasta se va de juerga con la jovencita.
Mi acompañante no lo había llegado a descubrir, pero yo había espiado sus movimientos durante mucho tiempo. Para cuando me decidí a acercarme, la noche pasada, yo ya conocía sus gustos en materia de vestir y beber; ya sabía que él le era constantemente infiel a su esposa; y también obraba en mi posesión el saber que le gustaba ir a bares de lujo a cazar jovencitas de aspecto cándido y poco duchas en esos ambientes; mujeres jóvenes que hacían todo lo posible por parecer bien vestidas y a tono con el lugar pese a sus medios económicos limitados, pero que fracasaban en sus intentos. Él se hacía el galán chapado a la antigua, el educado anciano en misión de rescate de la dama en apuros, y desplegaba todo su encanto hasta lograr seducir a la ilusa jovencita. Huelga decir que ese encanto se trocaba en indiferencia cuando se cansaba de la chica en cuestión, o aparecía otra nueva en su punto de mira. Siempre me preguntaba cómo lograba tener tanto éxito entre mujeres que, saltaba a la vista, no buscaban ni el dinero ni la fama que podría reportarles el estar a su lado.
Toqué la piel del anciano; estaba caliente aún, y me sorprendí por ello, pues no lo esperaba. También estaba húmeda, y pegajosa por la sangre que había derramado al apuñalarle. Me deleité recordando su mirada de estupor y agonía mientras la vida se le escapaba, junto con la sangre, por sus heridas abiertas; mientras, yo le murmuraba, una y otra vez, el nombre de mi madre, quien había sido una de sus primeras conquistas de casado, de aspirante a galán. Vi en sus ojos que estaba recordando cómo había abandonado a mi madre cuando ella le confesó que había quedado embarazada, y en su rostro horrorizado comprobé que, por fin, detectaba en mi cara sus rasgos mezclados con los de mi madre: a pesar de estar agonizando, el muy refinado sentía, ante todo, escrúpulos al saber que había pasado su última noche con su propia hija.
Él no sabía, porque jamás se preocupó por enterarse, y ya no sabría nunca, lo mucho que mi madre le había amado. No llegó nunca a conocer que mi madre enloqueció por el abandono, y que ha languidecido desde entonces en un sanatorio mental. Por eso, en su cuadragésimo cumpleaños, el mejor regalo que puedo yo hacerle es matar su amor enfermo. Tal vez, cuando le enseñe la foto del cadáver de este viejo inmundo, logre devolverle por fin la cordura.
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